Zócalo de mis amores

Por: Arcelia Yañiz(+)


El zócalo es un bastión de historia; narrarla es como contar un cuento de hadas.  Fue famosa la fuente que se instaló en el zócalo justamente donde ahora se encuentra el kiosco; los relatos señalan que con el combustible de la época (petróleo); en el surtidor (centro), había una figura en forma de granada de lata dorada, la que en medio tenía un depósito para su iluminación.

A mediados del siglo XIX estaba en uso comunitario para aliviar la necesidad del agua en los hogares, pues de ahí se surtían los habitantes para sus quehaceres cotidianos.  Agua traída desde los manantiales de San Felipe, a través del acueducto de piedra que los dominicos construyeron y que llegaba a la ciudad hasta dicha fuente; obra de la que todavía existen algunos tramos.  Un buen día pusieron fin a esta costumbre y erigieron el kiosco que la sustituyó, kiosco que hasta nuestros días ocupa su lugar.

El zócalo ha tenido  varias modificaciones.  Alonso García Bravo, alarife del siglo XVI, trazó esta noble y leal ciudad de Antequera y desde aquel trazo original, de español corte clásico dotó a ese gran predio de os portales, el de Flores, el de Clavería, el de Mercaderes y el portal del Palacio de os Poderes y al centro de la explanada se ubicó tiempo después la fuente que tuvo galanura, pero también leves tropiezos.

La historia señala que un criollo o español, que da lo mismo, mandó a llenar la céntrica fuente con 16,000 litros de vino, ¡se imagina!, el pueblo se emborrachó gratuitamente, viniendo a la fuente a traer vino enlugar de agua; ese fue uno de sus timbres.

Después, cuando ya fue clausurada, el kiosko sufrió dos modificaciones… yo diría tres, con la entrada a la  planta baja de los comerciantes que operaban en casetas prácticamente recargadas en cada una de las columnas de las arcadas de los portales de Flores y de Mercaderes, esto ocurrió en los años sesenta, siendo presidente municipal de la ciudad el licenciado Alberto Canseco Ruiz, y el gobernador don Rodolfo Brena Torres.

En este quiosco se encontró también la vida y la emoción del Oaxaca mismo; en la década de los treinta, la Banda de Música del Estado tocaba las serenatas en esa parte del zócalo; los jóvenes y las jóvenes en edad de merecer daban vueltas en sentido contrario, pero no impedía que en ese sentido se hicieran amoríos: con las miradas, promesas en esas miradas, halagos con las sonrisas, todo ese lenguaje del romanticismo de ese entonces; el lenguaje del abanico, el lenguaje de las flores, eran cosas muy bellas; por ejemplo la de la pequeña flor roja que se llama “chapistle”, cuyo significado dice: “No hay fuerza capaz de arrancarte de mi corazón”, se explica porque su tallo que tiene espinas, se adhiere a la ropa sobre el pecho: los símbolos hablaban: el lenguaje del pañuelo, del abanico, en fin; pero el más eficaz era el de la mirada, las oaxaqueñas de entonces y de siempre, se han sabido expresar muy bien con los ojos ¡y vaya! Que los tienen hermosos, porque los ojos de las oaxaqueñas negros, que son de pestañas espesas y tupidas cejas en una frente franca, límpida, eran como un reto para todos aquellos galanes que rondaban a las bellas mujeres de varias generaciones.

Y qué decir de la Banda de Música donde estuvieron poderosos genios como al que tenemos ahora de director de la misma, el maestro Eliseo Martínez  García, que es un artista de prosapia; su padre fue mi colega como maestro en la escuela de Bellas Artes, el se llamaba igual Eliseo del mismo apellido, pero le agregamos el segundo que era Vargas, porque estaba emparentado con aquel jovial sacerdote, Lino R. Vargas, párroco de la Sangre de Cristo de esta ciudad.

Recuerdo a Diego Innes, a Armando Pérez Torres (Dimas, autor del internacional danzón “Nereidas”), y a otros cuyos nombres no los tengo en la punta del lápiz,  pero si recuerdo sus expresiones, sus batutas, la misma batuta gloriosa que han enarbolado.

Nuestros músicos han tenido un repertorio fabulosos, pues contaron con todos los arreglos de don Cipriano Pérez Cernas, zachileño de origen, que me tocó tenerlo de vecino en la misma casona de García Vigil,  entonces 25 hoy cuatrocientos y tantos; los arreglos de don Cipriano todavía se escuchan, pero la que no se escucha es la música de Guillermo Rosas Solaegui, porque en un enconado conflicto con Diego Innes y el arquitecto Arcos, éstos, para tomar venganza porque les había ganado un juicio, sacaron su música y la quemaron, con lo que hicieron un daño a la ciudadanía y a las generaciones que nos han sucedido; pero esa hermosa música, está en el papel pautado que tengo en mi poder, esperando que el gobierno (tengo esperanzas que sea éste), la reproduzca y se la dé a la banda.  Esa música es muy fina y muy buena, compuesta, como aquella que se llama “Alma”, el él mismo la oyó tocar en Alemania en un restaurant de postín, y preguntando al mesero ¿de quién es esa música?, éste contestó  es de un mexicano, Señor; bueno, ese mexicano soy yo, le dijo, soy mexicano en términos generales, y soy oaxaqueño de nacimiento; se puso a hablar de Oaxaca, y se hizo un centro de información con los que estaban tocando Alma.

Don Diego Innes fue un músico sobresaliente, risueño y caballeroso; a veces parecía “pocho”, porque hablaba inglés, pero era ejuteco; el inglés lo aprendió cuando estuvo en Estados Unidos, desde donde el historiador Rosas Solaegui lo trajo para que estuviera aquí y fuera director de la Escuela de Música y Declamación, que es el antecedente de la Escuela de Bellas Artes.

Volviendo al zócalo, el kiosco se  construyó en 1901, sustituyendo a la fuente, se hicieron ciertas reparaciones y posteriormente se sustituyó para quedar como ahora está; después, como ya lo dije, se instaló en su sótano una vendimía de juguetería, pastelería, papelería, periódicos, revistas y también se vendían tortas y otros comestibles, que  impropiamente estaban en ese lugar, porque es estrecho, ahí mismo hay sanitarios, poniendo en duda la higiene pública, pero como los gustos quedaron en conflicto, ahí se quedaron las viandas, siguen las tortas, siguen los tacos, dulces, venta de refrescos, pero este problemita es pequeño, el grande es su tratamiento, ya que los pequeños comerciantes están arraigados vendiendo sus mercancías, que es imposible que los quiten, ya que forman parte del folklor de nuestra ciudad.

De las serenatas que en el zócalo disfrutábamos diremos que eran públicas, llenas de romanticismo, a no ser que interrumpiera “Me importa madre que tú ya no me quieras”.  En fin, el kiosco está presente en la vida de muchos oaxaqueños, de muchas generaciones.  Así tengo que recordar aquellas jardineras del zócalo en donde el municipio cultivaba violetas y heliotropos, los jardineros se encargaban de su mantenimiento, no se compraban las flores, sino las sembraban, las cultivaban, eran competentes.  Provocaban el deleite de los transeúntes y de los que las disfrutaban admirándolas desde las bancas, como el famosos científico Einstein, que dijo: “Que este lugar de Oaxaca, él lo escogía para sentarse en una de sus bancas y echarse el sueño eterno”, es decir, aquí quería morir, en este zócalo, ¡curioso verdad!. Todos los extranjeros que visitaron Oaxaca, durante fines del siglo XIX y principios del siglo XX, alemanes, ingleses y algunos norteamericanos tuvieron expresiones de mucho halago para el zócalo.  Por esta Plaza de Armas estuvo Morelos en 1812 y en épocas más recientes han pasado gobernadores en turno y han dado vueltas presidentes como es el caso de Lázaro Cárdenas, el mismo Echeverría, que tuvo una sesión de doce horas, al salir del palacio ya de madrugada, todavía tenía humor de recorrer los pasillos de este preciosos zócalo.

Este parque querido, que ha sido para la niñez de los oaxaqueños, de muchos oaxaqueños, de los abuelos, los padres, hijos y de esos hijos ya ahora nietos, ha sido un lugar de recreo, de emoción, de convivencia, de amor.  Contemos el cuento de las ardillas; las ardillas, esos animalitos vivaces que siempre tienen prisa; con sus ojos grandes y su cola esponjada de vistoso pelambre, que siempre van de arriba para abajo por los troncos de esos árboles centenarios; esas a las que la gente les traía panecitos,  pedazos de tortilla y dulces con los que bajaban y subían como si estuvieran en un risco, los niños reían y reían también sus padres, al ver sus juegos.  Esas ardillas que se nos antojan de cuento.

Por lo hasta aquí narrado, el zócalo en todos sus tiempos ha sido importante para la vida de los oaxaqueños.  En fechas recientes se operó sobre un cambio en su fisonomía arquitectónica y perdió gran parte de la intimidad que le caracterizaba, volviéndose quizás más democrático de acuerdo a las corrientes actuales.  Puede decirse al finalizar este artículo que el zócalo sigue siendo un símbolo para los oaxaqueños y emulando la palabra en verso del poeta tlaxcalteca Miguel N. Lira, en su corrido del héroe “Catarino Maravillas”, podemos decir: “Ciudad de Bandera al aire: El Sagrario, los Portales, el Palacio de os Poderes y el Zócalo en donde cabe la más recia tempestad… y vaya si tuvimos tempestades, pero ha vuelto la calma a sus linderos y es ahora lo que fue siempre… “El ombligo de Oaxaca”.