Un recorrido histórico arquitectónico por el panteón municipal de la Ciudad de Oaxaca

Por: Sergio Spíndola Pérez Guerrero


Lo que conocemos como el Panteón Municipal de la ciudad de Oaxaca tiene toda una tradición e historial y representa uno de los espacios más emblemáticos y de mayor arraigo entre los habitantes de la capital oaxaqueña. Ahí reposan los restos de muchas generaciones de oaxaqueños desde hace casi dos centurias, siendo éste un espacio de encuentro con el pasado y el presente.
El Panteón Municipal consta en realidad de  tres panteones, por lo que tiene tres amplias divisiones, la que se encuentra en la parte de en medio o central corresponde   al   llamado Panteón de San Miguel o Panteón Municipal No. 1. Su fachada es sumamente austera, de altos muros, resaltando solamente su portada de acceso, muy sencilla, de estilo neoclásico, llamando en ella la atención una inscripción que hace detener la mirada a los transeúntes con un recordatorio del destino del edificio: “Postraos, Aquí la Eternidad Empieza, y es Polvo Aquí la Mundanal Grandeza”. Bajo esta sentencia, se traspasa esta portada, que nos conduce a unos anchos y extensos corredores o galerías que en sus muros albergan una gran cantidad de nichos arqueados (2355), que tienen una amplia profundidad, puesto que en ellos se depositaban los ataúdes mortuorios y se tapiaban; estas tapias servían a su vez para realizar en ellas las inscripciones con la filiación de los difuntos.
No es muy común encontrar este tipo o sistema de sepulturas, empotradas en los muros, al menos en nuestro país.
Frente a estos muros con nichos, estos corredores son delimitados por una serie de  arcadas de medio punto de cantera ocre, sostenidas por unos anchos pilares que hacia su patio central tienen unas columnas adosadas lisas de capiteles dóricos; sobre estas arcadas se encuentran entablamentos. Rematando la horizontalidad de estas fachadas interiores se encuentran unos elementos en forma de copones. Todo este tratamiento de elementos arquitectónicos se trata de un sobrio y académico estilo neoclásico, que estuvo en boga desde finales del siglo XVIII y hasta las primeras décadas del México independiente.
Estas fachadas rodean a su muy amplio patio central destinado para realizar  inhumaciones, por lo que en él se encuentran una diversidad tumbas o sepulcros tradicionales, algunos de ellos con capillas. En este paisaje de tumbas, es interesante encontrar que algunas de ellas albergan los restos de importantes personajes de la entidad, como la que destaca por su obelisco de cantera rosada (propio de la arquitectura decimonónica) que pertenece al abogado y coronel José María Díaz Ordaz (1822-1860), quien fue gobernador  del Estado durante la Guerra de Reforma y quien murió durante la misma participando por el bando liberal.
Dentro de las tumbas que se hallan en este cementerio, algunas de ellas se distinguen por la calidad y belleza de su factura, de claro valor artístico. Así tenemos una capilla monumental ubicada al centro del patio de inhumaciones y que quedó lamentablemente inconclusa, debido a la situación convulsa que privaba en el país como en esta entidad en la primera mitad del siglo XIX. Esta capilla de cantera ocre, tiene un carácter propiamente neoclásico, destacando un amplio vano de su acceso principal con un arco abocinado de medio punto con casetones, así como jambas tableradas, y nichos vacíos en sus amplios muros. Entre otros destacados ejemplos tenemos una pequeña capilla-sepulcro de estilo neogótico de mármol blanco, así como una tumba con una notable escultura que representa a una mujer dolorosa, de fina talla de mármol blanco y de características propiamente clásicas.
El proyecto de este edificio fue encomendado por el Ayuntamiento citadino al Consejal y maestro de dibujo Francisco Bonequi y como asociado a Diego Silva, en 1839. El mismo Bonequi estuvo a cargo de llevar tan importante obra constructiva. 
Dentro del historial de este inmueble tenemos un hecho siniestro, acontecido por el terremoto del 14 de enero de 1931, que destruyó gran parte de la ciudad y que dejó muchos muertos, y en el que este panteón se vio muy afectado, puesto que se cayó buena parte de su fachada, dejando al descubierto los nichos con los restos de huesos de cadáveres. Por temor a un brote de epidemia, el Gobierno local determinó incinerar aquellos restos (de víctimas de epidemias de cólera que azotaron a la entidad en el siglo XIX) que ardieron para su pronta desaparición. Este incidente con sus crudas imágenes, quedó registrado por la cámara fílmica del célebre cineasta soviético Sergei Eisenstein (1898-1948), quien en su paso en aquel año por México, dejó así un importantísimo testimonio en un cortometraje al que dio por título de El Desastre en Oaxaca.
Hacia finales del siglo XIX, el Panteón de San Miguel resultaba ya insuficiente para seguir realizando inhumaciones, además de que fue prohibido el continuar  empleando los nichos de sus muros  para depositar cadáveres, por lo que el presidente municipal Francisco Vasconcelos determinó ampliar la construcción del panteón hacia un amplio terreno disponible hacia su lado oriente. Esta obra se empezó a construir hacia 1897, concluyéndose en 1899, y abriéndose al servicio público el 18 de julio de 1901. 
Así la nueva construcción continuó el alineamiento del paramento del Panteón de San Miguel. Al nuevo panteón se le denominó Panteón Municipal No. 2.  A esta edificación se le dotó de un austero y sencillo estilo neoclásico, acorde con el carácter de su función. Su fachada y portada de acceso (elaborada en cantera verde y rosada, propia de la arquitectura porfirista oaxaqueña) cuenta con tres amplios vanos de arco de medio punto, con aplicación de herrería; esta portada es rematada por un amplio frontón triangular, desprovisto de decoración alguna. Al ingresar al recinto, se ubica un pequeño pórtico de doble altura, donde se localizaban sus oficinas administrativas. La techumbre de este pórtico es de lámina acanalada ligeramente abovedada, que es sostenida por unas esbeltas columnas de hierro colado, de sobria decoración estilizada, con capiteles de orden corintio. Tanto este tipo de columnas como el de la techumbre mencionadas fueron de uso común en esta época ya que fueron elementos constructivos novedosos que ofrecía la tecnología moderna.
Esta se trató de una de las obras públicas de mayor importancia que se realizaron durante el Porfiriato en la ciudad de Oaxaca, y que resultó de mucho beneficio para sus habitantes, quienes vieron en esta época un momento decisivo de modernización urbana y arquitectónica, materializada por sus autoridades y por los ciudadanos mismos.

 

 

(*) Sergio Spíndola es maestro en Historia de la Arquitectura en México y catedrático universitario.  Conferencista cultural y colaborador de publicaciones culturales.