josé emilio pacheco

Por: Redacción


Polígrafo memorioso, refractario a las entrevistas y a figurar en ceremonias como “parte del presidium”, tuvo que aparecer ante numeroso público al hacerse acreedor a múltiples reconocimientos a su obra literaria, como el Reina Sofía, el Cervantes, premio nacional de poesía Aguascalientes y otros.
Nacido en la ciudad de México en junio de 1930, fue un niño introvertido y poco sociable. Su padre, abogado y notario, lo encaminó hacia la misma profesión para que heredara la notaría. Durante sus vacaciones escolares, convivía con sus abuelos en Veracruz, donde disfrutaba de cálidas noches y vívidos relatos de tradiciones y sucedidos en la región, que complementaba con sus lecturas juveniles de autores como Julio Verne, Emilio Salgari, Mark Twain, Alejandro Dumas y otros, que estimulaban su imaginación y creatividad, manifestándose en tratar de continuar algunos relatos o escribirles finales diferentes a los propuestos por los autores. Mas tarde confesaría o recordaría que por esas épocas, trató de hacer la continuación de la novela “Quo Vadis” de  Enrique Sienkiewicz.
Terminó la prepa en San Ildefonso y se inscribió en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de México, siguiendo los deseos de su padre, pero abandonó en el primer año para comenzar su carrera literaria. En ambas instituciones conoció y convivió con la “Generación del Medio Siglo” entre los que figuraban: Juan Vicente Melo, Inés Arredondo, Juan García Ponce, Huberto Batiz, Sergio Pitol, Salvador Elizondo, José de la Colina y Carlos Monsivais con quien José Emilio fincó amistad sincera y duradera.
Por otra parte, tuvo la influencia de personas notables que acudían al hogar de la familia Pacheco, ya que el padre era aficionado a las letras y entre sus contertulios se encontraban Juan de la Cabada, Héctor Pérez Martínez, Juan José Arreola, José Vasconcelos, Martín Luis Guzmán y Julio Torri entre otros menos conocidos actualmente.
Todas esas influencias lo llevaron a dedicar todos sus esfuerzos a desarrollar sus facultades, que eran notables, al fomento y creación de la literatura desde los  diez y nueve años. Sus primeros trabajos se vieron impresos en la revista preparatoriana “Proa” y en el Diario de Yucatán y publicaciones como Índice y Letras Nuevas. Continúa publicando en revistas de distribución nacional como “México en la Cultura”, Diálogos, Revista Mexicana de Literatura, Diorama de la Cultura  y Ramas Nuevas.
Cuando llega a “La Cultura en México”, se encuentra con don Fernando Benitez, notable promotor cultural, quien lo orienta a publicar su poesía y relatos y novelas cortas. Y así, a partir de 1963, publica “Los elementos de la noche”, “El reposo del fuego”, “No me preguntes cómo pasa el tiempo”, “Irás y no volverás”, “Desde entonces”, “La sangre de Medusa”, “El viento distante”, “El principio del placer”.
Hace traducciones de Samuel Beckett, Walter Benjamin, Tennessee Williams, Harold Pinter, Oscar Wilde, Edgar Lee Marten, T. S. Elliot, Victor Hugo, Walt Whitman, Truman Capote, Ernest Hemingway, William Faulkner y otros más.
Tal vez lo más conocido y leído de su amplia producción literaria sean sus “Inventarios” que comenzó a publicar en “Diorama de la Cultura” y continuó publicando hasta su muerte en la revista Proceso, tratando temas múltivariados y creando un nuevo género de periodismo cultural en donde dibujó su propia literatura, sus temas, su estilo, sus obsesiones.
De sus novelas “Morirás Lejos” (1967) y “Las batallas en el desierto” (1981), ésta última es la más conocida pues fue llevada al comic, al cine y al teatro. Según el maestro  Ignacio  Trejo es “la novela mexicana donde mejor se plantea el rescate de la ingenuidad como elemento de soporte de un mundo caótico y devastador por devastado”. En ella, José Emilio recuerda el enamoramiento infantil de Carlitos de la madre de uno de sus compañeros de escuela y también rememora el ambiente de una época que ya desapareció, como afirma al final de la novela: “se acabó esta ciudad. Terminó aquel país. No hay memoria del México de aquellos años. Y a nadie le importa: de ese horror quien puede tener nostalgia”.
Opino que la reconstrucción de esa ciudad remota, sirve como pretexto para narrar el episodio en que un niño atestigua la erradicación de su pueril capacidad para enamorarse de lo inalcanzable, puesto que una moral torcida señala a sus fantasías y deseos como insanos. La duda del comienzo, que determina el tono de la narración, facilita el desarrollo de esa suerte de “recuerdos encubridores” que el narrador comienza a deshebrar, partiendo de elementos contextuales, incluso nimios, pero que sirven para detonar la elaboración del discurso de la memoria, donde la voz del adulto busca encontrarse con la mirada del niño.
Leer “Las batallas en el desierto” sólo como el deterioro de un país primordial, obliga al lector a refugiarse en la apreciación tradicionalista de que todo pasado fue mejor. Carlitos niño, perdió la batalla contra la doble moral y la perversidad de los adultos; la guerra que intenta luchar Carlos adulto, es contra la continuidad de los prejuicios y los señalamientos morales de una sociedad superficialmente moderna, que es incapaz de aceptar lo que no entiende. Asunto que no solo perdura, si no que se ha recrudecido en nuestro tiempo.

RA 19.