El mito de la sociedad justa y feliz

Por: Prometeo Sánchez Islas


“La libertad humana es deseo inteligente o inteligencia deseosa”, decía Aristóteles a Nicómaco hace 25 siglos, haciendo referencia a lo que de valioso, interesante, conveniente y bello puede gozar la humanidad.
Más recientemente, el filósofo español Alejandro Llano llamó libertad emocional a la educación personalizada enfocada al ejercicio de las virtudes y al respeto de las normas sociales, lo que, aunque le resta espontaneidad a la libertad, le otorga un alto valor a la facultad de hacer una elección personal, debido que interviene la voluntad que es el verdadero motor del individuo.


De este modo, la libertad viene a ser como una gran hazaña personal pero que requiere de la ayuda de otros para alcanzar la pureza de corazón que nos permita interactuar con las personas que nos rodean y que nos enseñe a vivir a fondo pero con respeto y, si se quiere, con mayor intensidad nuestro presente, pero haciendo al mismo tiempo efectiva nuestra capacidad de trascender y dejar una buena huella.


Pues bien, estos ideales utópicos que se difundieron ampliamente en la época de oro de Pericles y de Platón en la Grecia clásica, constituían una especie de añoranza novelada sobre una isla mítica en la que habitaba la raza feliz de los atlantes, disfrutando de un gobierno justo, de un sistema de producción muy eficiente, de un poderoso emporio comercial y que, además, era el ejemplo de un sistema político ideal.


El convencimiento de Platón (quien describió esa maravillosa mega-isla) de que sólo quienes poseyeran “conocimiento filosófico, educación moral y naturaleza para mandar” tenían derecho a ejercer el poder, surge de la crítica a su época, en la que Atenas y su competidora Esparta, así como su archi-rival Persia, con frecuencia sufrían a gobernantes arbitrarios y a ciudadanos libertinos que sólo buscaban satisfacer sus pasiones más bajas.


Y si bien es cierto que en la remota y misteriosa Atlántida había abundancia de productos, un ejército poderoso y muchos prodigios de ingeniería, también lo es que su gobierno era despótico y antidemocrático si lo calificamos bajo la óptica actual, ya que concentraba en un grupo de 10 hombres ilustrados, comandados por un monarca, todo el poder sobre los tres continentes conocidos, ofreciendo a cambio de esta utopía la paz interna, las facilidades para el desarrollo tecnológico, el fomento al comercial transoceánico y, sobre todo, la salud y la felicidad de su gente.


De ahí que aquel filósofo espiritualista, considerado el cimiento conceptual del posterior cristianismo, esbozara en su descripción de La Atlántida y confirmara en su clásico libro La República a la monarquía como el sistema de gobierno ideal, en el que fuesen reyes-filósofos quienes ejercieran con justicia y sabiduría el poder, que los soldados guardaran la paz con honor y que la población proveyera a la propia sociedad de todo lo necesario para mantener el estatus en un ambiente armónico basado en la virtud.


En el campo de lo inmaterial, Platón aprovechó para criticar tanto el ateísmo como el materialismo y se posicionó como un pensador idealista que afirmó sin ambages su creencia en la inmortalidad del alma y en el gobierno moral universal, razón por la que los filósofos del cristianismo primitivo lo nombraron “predecesor o profeta de Jesús” y que el Nuevo Testamento se haya escrito originalmente en griego, como preludio de un mejor mundo que se anunciaba por venir.


Casi 20 siglos después, el político y pensador Tomás Moro describió en un libro titulado Utopía una isla imaginaria en la que no había propiedad privada (al igual que en la Atlántida), se respetaba la libertad de creencia y se cultivaba la paz. En esa obra se entrelee una fuerte crítica a los gobiernos belicosos de la Europa del siglo XVI, inspirado en el modelo tangencial de Platón y tomando de éste mucho de su idealismo moral. Su fe católica le llevó a oponerse al divorcio de su antiguo amigo Enrique VIII de Catalina de Aragón y con ello a perder la cabeza y a ser posteriormente canonizado.


Casi cien años después, Tommaso Campanella -monje dominico italiano-, teorizó sobre un estado ideal en La Ciudad del Sol, en el que un rey-sacerdote y sus tres ministros llamados Poder, Saber y Amor promovían la armonía y compartían todos los bienes. La ciudad sede era Taprobana y se asentaba en una gran isla circular similar a La Atlántida y, al igual que aquella, se organizaba como el universo en siete anillos concéntricos.
Por la misma época el pensador inglés Francis Bacon redactó La Nueva Atlántida que era una isla ubicada en el Atlántico Sur en la que funcionaba un sistema de gobierno monárquico con un organigrama de familias estructuradas de manera patriarcal, teniendo como soporte productivo un esquema de experimentación científica parecido al de las universidades europeas actuales, las cuales contribuyó a crear el mismo Bacon como parte del fenómeno llamado Renacimiento.


Los relatos de Platón y todos los utopistas que le han seguido, han intentado afanosamente unificar los principios éticos, racionales y religiosos para construir la sociedad perfecta. Los pensadores de todos los tiempos han acudido, sin excepción, al mito platónico para ayudarse a formular una teoría social acorde a cada época, que permita al ser humano ofrecer lo mejor de sí, tanto lo que está dentro de uno mismo en lo individual como lo que podemos hacer en nuestro actuar colectivo.


Más recientemente surgió el mito de Shangai-La como la ciudad ideal, ubicada en el Himalaya, inspirada en el budismo tibetano en el que el tiempo había dejado de correr y el ambiente era de salud, paz y frescura, bajo el gobierno justo de sabios notables. Este asentamiento se describe en Horizontes Perdidos de James Milton (1933) y dio lugar a la onda orientalista norteamericana, llevando incluso a nombrar así a la primera residencia presidencial de Camp David cuando la habitó Franklin D. Roosevelt.


Cabe hacer notar que para todos los escritores mencionados, la forma de gobierno no es la democrática como la conocemos ahora, sino la pirámide en la que las grandes decisiones son tomadas por el o los hombres ilustrados de la cúspide, lo que viene a poner en el campo de las discusiones el papel del ciudadano aparentemente libre y soberano.


Esa es la razón por la que la prestigiosa filósofa alemana Hanna Arendt se atrevió a hacer una comparación entre el esclavo de antes y el laborante de hoy, diferenciando la antigua noción de libertad, que se basada en la atribución para desplazarse, tener alguna actividad económica y ser respetado en su cuerpo, por otra más humana y competitiva, en la que el ser humano, cualquiera que sea su posición en la escala social, pueda ser admitido en la esfera pública y esté plenamente emancipado tanto en su cuerpo como en su mente.


El estado de la humanidad en el mundo contemporáneo, analizado a la luz del desmoralizante comportamiento colectivo, de la elasticidad con que se manejan los valores del individuo y de las pésimas decisiones de los gobernantes de todos los sistemas políticos, nos otorgan el pretexto para desear una vez más la existencia de una Atlántida actualizada, en la que los niños estén seguros y felices, que se cultive el respeto de género, se delimite la soberanía respetando la diversidad, se tenga tolerancia al pensamiento del prójimo, se equilibre el medio natural con el artificial, se compense justamente el trabajo y todo esfuerzo realizado y, en fin, se pavimente una hermosa y sólida senda para el futuro, inspirada por el mito perfecto, pero anclada a las potencialidades de la parte más noble de nuestra humanidad.

Para ello hemos luchado por nuestra libertad, creo.